¡Al ritmo de Chacalón!

Por: Fernando Carrasco

“Qué futuro les espera a los niños de hoy / si por pequeñitos no les dan atención”.

¡Por la Sarita, cuñao! Así transcurrió toda su vida: al ritmo de la guitarra chichera, al ritmo de Chacalón. Fíjate que hasta se llamaba igualito que el hombre: Lorenzo. Pero él no era Lorenzo Palacios Quispe ni creció en el cerro San Cosme, sino Lorenzo Huamán Pariona y creció aquí, en este barrio picante de Santa Anita. Yo estudié parte de la primaria con él en nuestra escuela ciento veintitrés, Los Árboles. Y recuerdo bien que así lo llamaba el profe Luciano Ciprián al pasar la lista; sin embargo, desde chibolo en todo el barrio lo llamábamos Chacalón. 

La chapa se la puso él solito. ¡A la firme, cuñao! Estábamos en quinto grado. Eran las vacaciones de medio año. Fue una noche fresca y alegrona en el barrio. Había llegado un viejo circo unos días antes. Uno pequeño. De carpa azul y roja. Con parches y huecos por todos lados. Era el circo Tony Perejil. Y ese domingo especial había función de gancho: pagaba uno y entraban dos. Las tablas del circo estaban repletas. Lorenzo entró con su hermana menor, la China Lucía. Ese día cerraba la función, nada más y nada menos, Chacalón y la Nueva Crema. ¡Por la Sarita! Así como lo escuchas, cuñao. Tocaron tres canciones y al final los dueños del circo organizaron un concurso entre los muchachos: qué parejita bailaba mejor la canción “Ese amargo amor”. En una, todos los chibolos bajamos al ruedo, metiendo vicio, con nuestras respectivas parejas. Bailamos achoradazos frente a Papá Chacalón, quien cantaba sonriente con su camisa floreada y moviendo su pelo largo y encrespado. Poco a poco, solo iban quedando las mejores parejas. 

Al final, los ganadores fueron Lorenzo y la China Lucía. “¡Achórate más, achórate más!”, contaba después el hombre que le decía su hermana cuando ya quedaban pocas parejitas en el ruedo. Y el mismo Chacalón les entregó sus entradas de cortesía para la función especial del día domingo. ¡Qué lecherazos! Todos nos moríamos de la envidia. 

Esa misma noche en todo el barrio, harto de contento, Lorenzo empezó a decir que él era Chacalón. Y esa chapa lo acompañó toda la vida como un tatuaje con tinta china en medio del pecho. 

Ya cuando terminó el año escolar, en los meses de vacaciones, la mancha del barrio se dedicó a chambear en todo lo que se podía para apoyar en algo con los gastos de la casa: ayudante de albañilería, cobrador de combi, pelador de pollos en el mercadito o vendedor ambulante en el Centro de Lima. Chacalón era el hijo mayor en su casa y sabía que su madre necesitaba de su apoyo para mantener a sus tres hermanos. 

De su papá solo se sabía que era un reverendo jijuna, porque le aparecieron alitas cuando su mujer salió embarazada de su cuarto hijo. Nunca se volvió a saber del tipo aquí en el barrio. 

Chacalón se dedicó a ayudar a la tía Lucha en el mercadito, quien vendía jugos de pura fruta y un ceviche bravazo. Le iba muy bien a nuestro patita: él era responsable y un trome en sacar las cuentas. Desde tempranito abría el puesto y, emocionado, ponía a todo volumen, en el equipo de sonido, su disco pirata de Chacalón y la Nueva Crema. Fue así como se aprendió la letra de casi todas las canciones del Faraón de la Cumbia. Al poco tiempo, su viejita enfermó y Lorenzo ya no pudo regresar al colegio. Tenía que trabajar todo el santo día en el mercado para llevar el sustento diario a su casa, y poder comprar también las medicinas para su madre. Chacalón nunca pudo terminar la primaria. 

“Algún día yo he de triunfar, / pero antes llevaré esta cruz”.

A los dieciocho años, Chacalón se había dado cuenta de que tenía una chamba recontra brava por delante. Se había hecho responsable de su familia. Mantenía los gastos de la casa y ayudaba a sus hermanos menores que ya estudiaban en el colegio nacional José Carlos Mariátegui de la avenida Riva Agüero, pegadito al cerro. 

Cuando su viejita murió, Chacalón entró a trabajar en una fábrica de alimentos para animales cerca al distrito de Ate Vitarte, por recomendación de un pariente materno. Allí permaneció solo tres meses: el sueldo mínimo no era suficiente para cubrir todos los gastos de su familia. Así estuvo en otros dos trabajos donde chambeaba parejito. De ocho a ocho. Ganaba más, pero el trabajo era bien matador. 

Luego, en una conversa con varios amigos que trabajaban en el Mercado Central, se enteró de que a los comerciantes independientes les iba mucho mejor. El asunto consistía en saber qué mercadería buscaba más la gente cada cierto tiempo, y conocer bien el hueco donde vendían esos productos al por mayor y a buen precio. Dos años estuvo de comerciante por diferentes lugares. El hombre tenía suerte para el negocio. Empezó en el Mercado Central y luego se trasladó al Jirón de la Unión. Después se iba a los mercados más grandes de Lima: llegaba al mercado Ceres de Ate Vitarte y subía hasta Chosica. Otras veces se iba a Comas, Ciudad de Dios, Puente Piedra o San Juan de Lurigancho. Lugares repletos de comerciantes jóvenes como él que habían nacido en Lima, pero cuyos viejos habían llegado años antes desde todos los rincones del país. Por estos lugares a donde iba mi compare Lorenzo siempre sonaba, a buen volumen, la buena música de Chacalón y la Nueva Crema. Sonaban cancioncitas como esta que justo ahora empieza a tocar nuestro conjunto chichero: 

Soy muchacho provinciano

me levanto muy temprano

para ir con mis hermanos

ayayayay a trabajar.

No tengo padre ni madre

ni perro que a mí me ladre

solo tengo la esperanza

ayayayay de progresar.

Busco una nueva vida 

en esta ciudad, ah, ah,

donde todo es dinero 

y hay maldad, ah, ah.

Con la ayuda de dios 

sé que triunfaré, eh, eh.

Y junto a ti, mi amor,

feliz seré, oh, oh, oh,

feliz seré, oh, oh, oh…

Chacalón recorrió todo Lima llevando sus productos según la temporada. A inicios de año, podía estar vendiendo artículos de limpieza (cera, jabón líquido, desinfectantes) hasta que llegaba el mes de febrero y empezaba con fuerza la temporada escolar. Allí comenzaba con la venta de lapiceros, cuadernos y mochilas. En julio, mes de la patria, vendía banderas y escarapelas de metal para los escolares y luego volvía a los productos de limpieza hasta que llegaba noviembre y se daba inicio a la campaña navideña. 

Chacalón chambeaba duro, por eso todo iba mejor en su casa. Sus hermanos comían bien y no les faltaba nada en el colegio. Así iba Lorenzo hasta que un Año Nuevo se produjo un terrible incendio en el Mercado Central donde murieron muchas personas, sobre todo comerciantes. Seguro que tú también conoces de eso, porque todo fue televisado. Chacalón perdió toditos los productos de limpieza que llevaba en su caja de ventas ese día, pero eso no fue lo más bravo. Pasó que tratando de ayudar a una señora que corría con sus dos hijos chiquitos el hombre fue alcanzado por un cohete enorme que le quemó la pierna derecha. Quedó recontra mal. ¡Por la Sarita, cuñao! Casi un mes permaneció en cama recuperándose. Durante ese tiempo, sus hermanos pudieron seguir viviendo sin muchos problemas gracias al dinero que Chacalón tenía ahorrado.

Cuando se recuperó por completo, las deudas empezaron a crecer y a crecer y el hombre se dio cuenta de que otra vez tendría que empezar de cero. Eso lo bajoneó bastante. Luego de pensarlo mucho, decidió seguir las recomendaciones de unos amigos del barrio que lo visitaron en su casa durante su convalecencia. Chacalón estaba decidido a probar suerte en otros rubros mucho más picantes.

“Me dicen que soy un bandido, / que voy por el mundo perdido”. 

A los veinticinco años, Chacalón ya se había convertido en uno de los choros más ranqueados de Lima. Ahora vivía solo en un amplio cuarto alquilado en un sitio bien metido del barrio. Sus hermanos se hicieron mayores de edad y habían aprendido a valerse por sus propios medios. 

Lorenzo había comenzado robando en la Vía de Evitamiento. Asaltaba a los tíos que tenían la mala suerte de que se les malograse el carro justo en la boca del lobo. También arrebataba carteras, paquetes y mochilas a los pasajeros de las combis que se detenían en el paradero más movido del barrio. Al poco tiempo dejó ese asunto y se unió con otros muchachos de la zona con quienes salía a asaltar en un auto negro, con placa falsa, a los estudiantes de la Universidad de Lima y a otros pituquitos atarantados que circulaban por el Trébol de Javier Prado. Además de buen billete, se ganaba relojes, anillos y cadenas de oro. 

Luego entró en contacto con mi causa el choro Malacara y se metió al negocio de robacarros. Chambeaba en distritos como Surco, San Isidro y Miraflores donde conseguía autos y camionetas del año. Se hizo también recontra yunta del Achiote, otro robacarros bien serio del barrio, quien como buen pata, le enseñó todos los secretos del asunto. En poco tiempo, él también mostró gran habilidad para ese negocio. Finalmente, en esa trepadera sin tregua, se unió a una gentita bien inquieta de El Agustino y los Barrios Altos con quienes se metió de lleno al negocio de los bancos. 

¡A la firme, cuñao! Como te dije, a los veinticinco años, Lorenzo batuteaba una de las bandas más bravas y temidas de asaltabancos de la capital. Se habían hecho famosos, a través de la radio y la tele, por la rapidez con que se llevaban la plata de un banco. También los debes de haber visto en los noticieros. Su récord consistía en haber robado una agencia del Banco de Crédito en solo cuarenta segundos. ¡Por la Sarita, cuñao! Ellos no iban por el dinero de las bóvedas. Se llevaban el billete de las ventanillas y de pasadita levantaban las joyas y billeteras de los usuarios. La Policía lo tenía bien identificado, pero no podían mandarlo a Lurigancho. Mi compare siempre tenía su billegas a la mano para arreglar con el comisario de turno o en la fiscalía. 

Y, por supuesto, el hombre se daba la gran vida con su gente. Toditos los fines de semana, después de haberse llevado la plata de algún banco o de alguna joyería bien ficha, se iba con toda su gentita a los conciertos de Chacalón en la Carretera Central. Más de una vez me pasó la voz para acompañarlo. En esos tonos, Lorenzo era bien recibido por todo el mundo, principalmente por algunas muchachas que lo engreían y le gorreaban la cerveza.

“Quisiera que volvieras pronto y no dejarte ya jamás, / pero eso es imposible, pues se ha marchado y no volverá”.

Desde joven, el hombre siempre estuvo rodeado de lindas mujeres. No era pintón, pintón, como este pechito que te viene contando esta historia chacalonera, pero tenía un carisma mi causa que atraía a las muchachas, así como atrae la luz de un foco a los zancudos. 

Ya cuando se hizo todo un hombre, las costillas no solo lo seguían por su carisma, sino también por la billetera bien gordita que se manejaba. Después llegaron otras fulanas que lo buscaban por la fama de bandido que se había ganado en todo Lima. Muchas lo seguían y con algunas de estas flaquitas tuvo sus encerronas. Pero el gran amor de Chacalón, su verdadero bobazo, siempre fue una blanquiñosa de pelito castaño y ensortijado y de ojitos color caramelo, lindísimos, a quien todos llamábamos La Gata. ¡A la firme, cuñao! 

La Gata era delgadita, coqueta y bien pintona. Vivía en un barrio cercano, pero tenía familiares en nuestro barrunto. Justamente, Chacalón la conoció en el cumpleaños de una prima de la muchacha. Por esos tiempos, ella estaba aún soltera y por eso aceptó salir un par de veces con mi compare. Para decir la verdad, ella también le agarró camote al hombre. Lo quería mucho. Lo puedo asegurar. Pero cuando se enteró de los asuntos chuecos en los que andaba metido Lorenzo, la flaca decidió tomar distancia por temor.      

Por esos tiempos, Chacalón ya había comenzado a laburar en un auto negro con otros dos patas por el Trébol de Javier Prado. La Gata lo evadía, pero el hombre no se resignaba. La buscaba de día y de noche. La esperaba en una esquina cerca de su casa con un cigarrito en la boca, con la pierna flexionada contra un poste y las manos en los bolsillos. También le hacía llegar sus presentes a través de su prima, pero al final tuvo que resignarse cuando, varios meses después, la flaquita se comprometió con un muchacho zanahoria del barrio que estaba estudiando Reparación de Electrodomésticos en el instituto Gamor. 

Luego de dos años, La Gata se casó y tuvo un hijo bien pintoncito que se parecía mucho a ella. Pero las cosas no le fueron bien. El marido le salió recontra celoso y pegalón, por eso a los tres años de casada se divorció de su maricachi. Entonces, Chacalón, quien ya había agarrado más vuelo en las calles por esos años, volvió a buscarla con la ilusión de siempre. Una tarde, en el parque de un barrio escondido de Santa Anita, le confesó que con hijo o sin hijo igual la quería un montón. Después de tanta insistencia, La Gata le dio una oportunidad, a sabiendas del tipo de vida que llevaba el hombre. Como te dije, la flaquita le tenía camote a nuestro pata. Y la pasaron muy bien durante varios meses. 

Chacalón dejó los excesos y solo salía a laburar de cuando en cuando. Se iban a almorzar a las pollerías y cevicherías del Centro de Lima. Y todos los domingos llevaba a La Gata y a su hijo a algún recreo campestre de Chosica para pasarla bien chévere y para probar también una pachamanca de la buena. Yo que lo conocí muy bien, desde los tiempos del colegio, podría asegurar que esa fue la época más feliz que vivió Lorenzo. ¡Por la Sarita, cuñao! Se le veía diferente. Bromista. Sonreía más que nunca. Pero como tú sabes, los tiempos felices siempre son cortitos como los buenos sueños. 

Una mañana, La Gata le dijo que luego de pensarlo muy bien, durante algunas semanas, había decidido irse a vivir a la Argentina donde la esperaban sus tres hermanas, quienes habían viajado años antes y ahora le enviaban el dinero para que ella pudiese viajar también con su pequeño. Estaba segura de que allí encontraría un buen trabajo y de que su hijo tendría un mejor futuro. 

Lorenzo recibió la noticia como un balazo en el corazón. Se muñequeó bastante. Le rogó una y otra vez que no se fuera, que no lo abandonara, que él podía brindarle a ella y a su hijo todito lo que necesitaran en la vida, pero igual, una noche La Gata alzó vuelo hacia la tierra del tango, y Chacalón se quedó con una pena más grande que estos viejos cerros que rodean el barrio. 

Todas las noches trataba de curar sus penas acompañado de los buenos amigos, entre tragos y siempre cantando al ritmo de la música de Papá Chacalón. Cantaba y lloraba. ¡Sufridazo! Nunca lo vi tan golpeado como aquella vez a mi compare. “Amor mío, por qué me dejas llorando / a qué región te vas a triunfar / con tu maleta en la mano. / Dime, cuándo volverás. / Desde hoy que ya te marchas / comienza para mí la soledad”. Así cantaba mi causita. Así cantaba por su Gatita, malherido, sufridazo, el pobre de Chacalón.

“Si el destino nos ha marcado / seguir el rumbo, vivir así”.

Sí, la música de Papá Chacalón lo ponía recontra sufridazo. ¡A la firme, cuñao! Apenas empezaba a sonar la rica guitarra chichera, Lorenzo sentía como si una fiera rabiosa le mascara sin asco a la altura del corazón. Aquellos acordes lo llenaban de una profunda tristeza. La entradita de canciones como “El cartero” y “Ese amargo amor” la sentía como una ráfaga en todo el pecho que lo tumbaba con violencia sobre su cama. Y luego se la pasaba, silencioso, mirando el cielorraso de su habitación y escuchando durante horas y horas otras canciones como “Triste despedida”, “Mi dolor”, “Regresa” y “Lágrimas de amor”. 

 Después de varios días de encierro: bebiendo, cantando y llorando al ritmo de la música chicha, Lorenzo volvió con todo a los asuntos bien serios. Se sacudió con fuerza el recuerdo de La Gata y retomó sus negocios. 

Fue por esos tiempos que empezó a consumir cocaína. Cada semana, con toda su gente se metía a un banco de Lima después de haber aspirado varias líneas del polvo blanco. Ahora la Policía lo quería desaparecer a cualquier precio. En cierta ocasión, en un enfrentamiento con los tombos por el jirón Gamarra, le habían rozado un balazo a la altura de la sien, pero él continuaba como si nada. Vivía retando a la muerte y esta jijuna no le paraba bola. Se le corría. ¡A la firme, cuñadito! El hombre vivía metiendo la cabeza en la jaula de los leones, dándole cabezazos a los avisperos de la capital. Esa era la manera como buscaba ahora olvidarse por completo de La Gata. 

Sí, se puso más bravo que nunca, tanto en sus atracos como en su vida diaria. Casi ya no visitaba a sus hermanos y muchos se la tenían bien jurada por todas partes, porque incluso se sabía que le había agarrado gustito a meterse con las mujeres de otros tipos.

Una mañana, cuando salía de su casa para ir a comprar el periódico, en una esquina del parque, vio que un técnico de la empresa Luz del Sur estaba a punto de cortarle la luz a una señora que tenía en sus brazos a un niño. Ella le rogaba que le diera unos diitas de chance para poder pagar su recibo. Chacalón se acercó donde el técnico y bien tranquilo le ofreció un billete para que no le cortara la luz a su vecina. El pata de la Luz del Sur, con cara de asado, no quiso aceptarle nada de nada y se dispuso a abrir su maletín. Entonces, Lorenzo de un salto volvió a su cuarto y regresó al toque con su fierro en la mano. Se acercó donde el técnico que estaba por abrir el medidor de la luz y le dio un golpe en la cabeza con la cacha de su pistola. Este, asustado y herido, salió huyendo cargando como pudo su maletín de trabajo. 

En otra ocasión, se celebraba el aniversario del barrio al ritmo de un grupo chicha. Ya cantaban los gallos de pelea del viejo Esteban, el bodeguero, pero toda la gente continuaba embalada cantando y bailando allá en la losa deportiva. Los integrantes del grupo, recontra cansados, ya guardaban sus instrumentos para marcharse a las seis en punto de la mañana. Chacalón, algo embriagado, se les acercó con varios billetes en la mano para pagarles por dos horas más de contrato. El director del grupo no le recibió el dinero y le dijo que su gente ya tenía que irse a descansar, pero mi compare, arrebatadazo, sacó su fierro y amenazó a todo el conjunto de dejarlos sin instrumentos musicales si no tocaban siquiera una horita más. El grupo tuvo que quedarse, por supuesto. Así de bravo andaba Lorenzo con el mundo por esos tiempos. 

Y una noche, mientras bailaba achoradísimo en un chichódromo de la Carretera Central, se armó una bronca terrible entre dos bandas de palomillas. Y las botellas empezaron a estallar por todas partes. Aprovechando el tumulto, un tipo de gorra negra se acercó con un pico de botella en la mano y le pasó con furia el filoso vidrio por el cuello buscando como un puma hambriento la yugular. 

Lorenzo logró esquivar el ataque frontal con un movimiento veloz, pero no pudo evitar que el pico de la botella le arañara a la altura de la sien. Cuando sintió que la sangre resbalaba por su mejilla derecha, ya tenía su fierro en la mano y como un desquiciado se abrió paso hacia la puerta por donde huía el hombre que lo había cortado. Chacalón lo correteó varias cuadras seguido por numerosos perros, que ladraban enloquecidos, y por todos sus patas más cercanos. A unas calles del local le pegó un tiro por la espalda y cuando lo tuvo tirado y suplicante bajo sus pies le miró a los ojos, lo escupió, lo llenó de patadas y, finalmente, volvió a disparar. Esta vez en medio de la cara.

“Soy como la piedra, sin alma / soy como la noche, oscura”. 

Luego de ese crimen, Chacalón estuvo guardado por un buen tiempo. Por seguridad, se fue a vivir cerca de la avenida Riva Agüero, por la calle Fumagali, en la misma recta donde vivían dos punteros de su banda. Sabía que en cualquier momento la gente de Ate Vitarte podría venir a buscarlo. Lorenzo había matado al hermano menor de un hombre fuerte de esa zona con quien años atrás había tenido ya un problema serio en una fiesta chicha de la Carretera Central. 

No salía de su nuevo barrio por ningún motivo. Prefería evitar cualquier situación de riesgo. Antes, gustaba de caminar bien camuflado por el Centro de Lima. Siempre se daba su vuelta por el Mercado Central y Polvos Azules donde compraba ropas y zapatillas de marca. Le gustaban también los cines del Jirón de la Unión para ver las películas de estreno y no se perdía ningún concierto de Chacalón, pero sabía bien que por ahora era preferible evitar esos lugares bien concurridos. 

Sin embargo, no todo era aburrimiento. No todo era quedarse tirado sobre la cama con la mirada perdida en algún punto desconocido de su habitación. Lorenzo sabía encender sus horas de hombre bien guardado. De cuando en cuando, organizaba en su cuarto grandes encerronas. Llegaban lindas muchachas invitadas por sus amigos. Venían guapas morenas de Breña y los Barrios Altos, quienes además de la música chicha gustaban de la salsa brava que se escuchaba en los callejones del Callao. 

Otros días, desde muy temprano, Chacalón se dedicaba a jugar a las cartas y a los dados con gente vieja de la zona. Verdaderos tahúres que apostaban fuerte y que nunca jugaban sin un cigarrillo en la mano y sin escuchar los boleros de la Sonora Matancera. Lorenzo no se quedaba atrás. Desde los tiempos del colegio, mostró gran talento para los juegos de azar. Era un capo en el póquer y jugando cachito no le ganaba nadie. 

En otras ocasiones, cuando ya la gente dormía, el hombre sacaba una perezosa de madera a la puerta de su cuarto, encendía su equipo de sonido a bajo volumen y con una lata de cerveza en la mano, hasta altas horas de la madrugada, cantaba las canciones de Chacalón, seguramente evocando los momentos más felices que había vivido al lado de La Gata. Una de sus canciones favoritas era justamente esta que ahorita empieza a tocar el conjunto. Se llama “Triste y abandonado”. Escúchala bien.

Ay, Señor…

yo quisiera que me des una razón.

Ella se fue

sin decirme ni siquiera un adiós.

Y me quedaré

con la nostalgia de tus caricias que adoré.

Por eso yo le pido a mi dulce amor,

quisiera que me dé una oportunidad…

Si quieres mis canciones te las daré.

Que me perdone ya

por el mal que le hice yo,

cautivarte con mi amor, con dolor.

Ya no quiero estar

 triste y solitario.

Yo no quiero estar

triste abandonado.

“Cual muñeco de cartón / un día me enterrarán / en un viejo cementerio”. 

Y hace unos días, en plena fría madrugada, apenas dos horas después de que Lorenzo se acabara de meter a su cama, luego de haber estado trasnochando solo, sufridazo, en la puerta de su cuarto al ritmo de Chacalón, sonó su teléfono celular. Y ahora lo imagino a mi compare, emocionadísimo, escuchando la voz inconfundible de La Gata. El hombre no podía creerlo. Era La Gata, su Gatita, quien lo llamaba para darle la primicia de su regreso al Perú. 

Lorenzo segurito creyó que estaba soñando y no cabía de contento. Después de casi dos largos años de ausencia, La Gata estaba de regreso y lo llamaba ahora desde el aeropuerto Jorge Chávez para preguntarle con angustia si, por favor, podía venir a recogerla a ella y a su hijo, ya que sus parientes al parecer se habían confundido de horario o se habían quedado dormidos. Chacalón, harto de contento, pero aún con los efectos del sueño y de las cervezas en todo el cuerpo, le respondió que no se preocupara, Gatita, que él de todas maneras llegaba con su nave al aeropuerto en menos de media hora. Conociéndolo bien como lo conocí, fijo que así le había respondido mi causita, recontra emocionado. Luego se lavó la cara y se vistió como pudo. Sacó un fajo de billetes de su gaveta de noche, se metió su fierro en la cintura y salió disparado hacia su auto. Y segurito, apenas se colocó frente al timón, decidió tomar por la Vía de Evitamiento para luego agarrar toda la avenida Perú. 

A esa hora de la madrugada, la avenida Riva Agüero está siempre vacía. Fijo que apenas circulaba uno que otro taxista. Imagino a Lorenzo manejando ansioso y cantando “Brindis de amor”. Esa canción era una de sus preferidas. Te canto el inicio para que la conozcas: “Quiero recordar esta noche / momentos de felicidad. / Viene a mi memoria tu imagen, / me pongo a recordar tu amor”. Y fijo que Chacalón manejaba decidido a pasarse todas las luces rojas que se le pusieran en el camino. Pero antes de llegar a Puente Nuevo tuvo que detenerse frente a un semáforo porque un camión y un par de combis se detuvieron delante de su auto. Este dato y lo que pasó después me lo contó con detalles una señito que tiene su puesto de caldo de gallina en ese lugar y atiende toda la madrugada. 

Y fue en este punto donde lo alcanzó la mototaxi azul que traía en el asiento de atrás a los dos tipos que casi, casi, le vaciaron sus pistolas. Le dispararon a matar en todo el cuerpo. Allí perdió, allí perdió para siempre Chacalón. Antes de que el semáforo se pusiera en verde, el camión y las dos combis arrancaron a toda velocidad. Asustadísimos. 

La mototaxi azul también ya se alejaba cuando, de pronto, la puerta del auto de Lorenzo se abrió despacio y el hombre cayó como un árbol viejo sobre el pavimento. Malherido. Sangrante. Con las pocas fuerzas que aún le quedaban, trató de arrastrarse a lo macho hasta la vereda, pero todo resultó inútil. La mototaxi azul al verlo aún con vida dio media vuelta. Esta vez los dos tipos armados bajaron y se detuvieron delante de Lorenzo. No le dieron tiempo para nada, por eso es que estoy segurísimo de que mientras le disparaban en el pecho y la cabeza, mi cumpa solo tenía frente a él la sonrisa tierna y los ojos de caramelo de La Gata. No alcanzó a darse cuenta de que lo habían centrado, de que todo había sido una movida bien jugada por la gente de Vitarte. Habían conseguido a una fulana que tenía la voz igualitita de La Gata para sacar de su guarida, de madrugada, a Chacalón. Solo así pudieron tenerlo a su disposición. Solo así pudieron quebrar al hombre. 

Por medio de su prima, nos enteramos de que La Gata sigue en la Argentina y que al recibir la noticia de la muerte de Lorenzo también ha llorado muchísimo, porque como te dije esa flaquita le tenía camote al hombre, porque a pesar de todo, mi compare era un buen tipo. Y por eso aquí lo estamos despidiendo con su música y harto trago, junto a sus hermanos y demás familiares, frente a la fachada de la casa donde nació, hasta que den las cinco de la tarde y tengamos que llevarlo en mancha al viejo cementerio El Ángel. 

Somos toda una multitud trasnochadora que sufre, bebe y canta desde hace tres largos días bajo una lluvia inacabable de flores y cerveza bien helada. 

De rato en rato, un grupo de patas levanta el ataúd sobre sus hombros y lo hace bailar siempre al ritmo de la música de Chacalón, mientras otra manchita de muchachos, atravesados por la pena, dispara sus pistolas al aire en señal de que se va para siempre un peso pesado, un bravo, un bacán, un faite de nuestro barrio. Ahora todos cantan el tema “Nunca te olvidaré”, mientras nosotros en este rincón seguimos bebiendo con los ojos enrojecidos como toros, como verdaderos vampiros. Y yo termino de contarte de una vez esta historia chichera que es también una forma de homenaje para nuestro pata. Así despedimos todos a nuestro yunta, a Lorenzo, a Chacalón, a mi cumpita. ¡Como a los grandes! Porque en este barrio picante de Santa Anita al que vivió como bandido se le despide como a bandido. No hay más, cuñao. ¡A la firme!


Sobre el autor:

Fernando Carrasco Núñez

Licenciado en Educación por la universidad Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta. Siguió estudios de Maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana en la UNMSM. También ha culminado la Maestría en Escritura Creativa en la misma casa de estudios.

Ha sido premiado en diferentes concursos literarios como los Juegos Florales de la UNE (1997), Juegos Florales de la UNMSM (2003). Concurso de cuento Alfredo Bryce Echenique (2003). Ha publicado Cantar de Helena y otras muertes (2006), libro finalista en el Segundo Concurso de Cuento y Poesía Dedo Crítico (2004); La muerte y otras traiciones (2009); Bolero matancero (2014) y Nos han dejado solos y otros cuentos (selección de cuentos, 2018). Además, es colaborador de la página cultural del diario La República. Sus textos de creación y ensayos han aparecido en revistas especializadas del Perú y países como Chile, México y Estados Unidos.

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