De cronopios y famas

Por: Lourdes Rojas

La primera vez que escuché algo referido a Julio Cortázar fue una conversación entre dos señoras, una a la que recuerdo con un cariño inmenso y a la otra busco olvidar constantemente. El pequeño diálogo fue algo así:

-Oye, pero tú entiendes algo de esta Rayuela. Yo no entiendo nada.

-No sé qué es eso de leer aquí y luego allá. No. No sé. ¿Tú qué dices?

-No, pero si es que yo sí la entendiendo. Es interesante.

-¿sí? y ¿por qué?

-No sé es que es bien bonita.

Esta brevísima conversación me generó una curiosidad inmensa. La novela estaba en la casa, tenía la primera página salida y efectivamente no entendí nada. Bordeaba los once años y aunque hice un esfuerzo cada palabra se me diluyó. Coincidí por completo con Ivana (así se llama la señora a la que recuerdo con tanto afecto), me gustó mucho lo genuina que fue al comentar la obra y sobre todo lo inteligente que fue al cortar la conversación al darse cuenta que la otra persona no tenía la más mínima idea de lo que hablaba. 

Varios años después me reencontré con Julio Cortázar, me contaba sobre unos cronopios y unas famas. Otra vez me destapó el cerebro, pero esta vez no sé si yo tenía el alma si más desordena o más colmada o, todo lo contrario, pero hubo una conexión inmediata. “Instrucciones para subir una escalera”, “Instrucciones para llorar”, “Pañuelos, “La cucharada estrecha” y otro sinfín de textos que dibujaron una sonrisa sarcástica, un gesto de tristeza, un espasmo de sorpresa, emociones, una tras otra. Desde entonces y hasta ahora siempre quiero saber más sobre ese nombre, Julio Cortázar. 

Con él aprendí lo que posteriormente identifiqué como los distintos niveles de lectura, cada obra suya te invita a darle una cantidad infinita de relecturas. Por ejemplo, Cortázar te habla de soledad, pero jamás utilizará ni la palabra ni el concepto, él escudriña este sentimiento y te lo muestra como una paradoja, como un dolor amable que te invita a sentarte y tomar café con él. La realidad fue otro tema constante, pero él no se quedó en lo que bien se podría denominar Naturalismo, no lo desdeña, sino que explora otro ámbito, otra arista. La obra de Cortázar tiene un orden secreto, colinda con lo fantástico porque aparentemente altera lo existente, pero ¿qué es lo real? Él mismo, en más de una ocasión, manifestó la fascinación que tenía por el azar. Esa pequeña palabra fue una constante en su obra, él lograba abrir esa puerta en la que era posible unir la literatura y la realidad, en el universo cortazariano ambos coinciden como dos conceptos análogos. 

Otro de los nombres que conocí, cuando buscaba saber más sobre Cortázar, fue el de Aurora Bernárdez, primera esposa y albacea de su obra. Saber sobre ella me fascinó sobre todo porque se ufanaba de ser una gran lectora. No fue solo la esposa, sino que fue una mujer maravillosa, traductora de autores de la talla de Flaubert, Sartre, Beauvoir, Nabokov, Camus, Calvino, entre otros. Lo poco que encontraba de ella en textos, me llevó a buscarla en internet y afortunadamente encontré videos de conversaciones en las que participó. Escucharla es un placer, es una mujer fascinantemente inteligente. Vargas Llosa cuenta que cada vez que iba a visitar a Aurora y Julio, él era realmente feliz. 

El universo cortazariano es infinito, afortunadamente está publicada la colección de cuentos, novelas, las cartas hermosas, los ensayos, las clases que dictó y el internet nos regala videos donde podemos verlo y escuchar ese agradable acento en las mal pronunciadas “r”. Creo que no hay mejor manera de reconocer la obra de Cortázar que leyéndolo. Aquí tenemos “La cucharada estrecha” uno de los tantos escritos geniales. 

La cucharada estrecha

 Un fama descubrió que la virtud era un microbio redondo y lleno de patas. Instantáneamente dio a beber una gran cucharada de virtud a su suegra. El resultado fue horrible: esta señora renunció a sus comentarios mordaces, fundó un club para la protección de alpinistas extraviados, y en menos de dos meses se condujo de manera tan ejemplar que los defectos de su hija, hasta entonces inadvertidos, pasaron a primer plano con gran sobresalto y estupefacción del fama. No le quedó más remedio que dar una cucharada de virtud a su mujer, la cual lo abandonó esa misma noche por encontrarlo grosero, insignificante, y en un todo diferente de los arquetipos morales que flotaban rutilando ante sus ojos. El fama lo pensó largamente, y al final se tomó un frasco de virtud. Pero lo mismo sigue viviendo solo y triste. Cuando se cruza en la calle con su suegra o su mujer, ambos se saludan respetuosamente y desde lejos. No se atreven ni siquiera a hablarse, tanta es su respectiva perfección y el miedo que tienen de contaminarse.