Emma: ni Rouault, ni Bovary

Por: Lourdes Rojas

A mediados del siglo XIX, en 1856 si queremos ser más precisos, se publica una de las novelas más importantes de Gustav Flaubert, Madame Bovary. Novela tan controversial que hasta ahora a la protagonista se la califica de dudosa reputación, de amoral y hasta de loca. De estos adjetivos no podemos negar el último, fue una mujer que decidió no vivir su presente, construyó un mundo que le permitió sobrevivir largos años, pero cuando el juicio volvió la realidad espantosa cayó sobre ella. Emma no quiso aceptarla ¿por qué habría de hacerlo? Prefirió un coctel de arsénico que la llevaría a terminar la realidad o la fantasía, no interesa, lo importante era acabarlo todo. 

Pero no nos adelantemos tanto, recordemos un poco más a nuestra Emma, esa mujer soñadora que se casó ilusionada, creyéndose enamorada y suponiendo haber encontrado la felicidad. Ella creyó que empezaba a construir su identidad, dejó el apellido Rouault, el de su padre, para adquirir el Bovary, el del doctor Charles, su marido. Este médico viudo que cuando se casó por primera vez “abrigó la esperanza de que el matrimonio le supusiera la posibilidad de una mejora en su condición, imaginando que de ese modo sería más libre y podría disponer de su persona y su dinero. Pero fue su mujer la que tomó el mando; cuando estaban en público, debía decir esto y callarse aquello, vestirse como a ella se le antojara”. Emma descubriría después a quien había aceptado como esposo. 

Emma era un ser que se había construido en base a la sociedad, una mujer apasionada. Podía abandonarlo todo si era necesario, entregaba su alma en cada encuentro pasional y quiere un hombre a su justa medida, sin darse cuenta que estaba en un mundo idealizado. El matrimonio para ella se convirtió en un hecho ordinario, cotidiano, común. No se parecía en nada a los libros hermosos que le habían contado lo feliz y plena que era una mujer casada. Surgen sus dudas con respecto a su vida matrimonial ¿se había equivocado?, ¿quién era ella? ¿por qué no se sentía feliz? Muchas dudas la abrumaban. Su razón no podía responderlas específicamente, pero sus emociones sí se apresuraban a contestar y gritaban que esa vida no era lo que se suponía ella buscaba, no era lo que la identificaba, en definitiva, su conciencia y su existencia diaria no estaban a la par. 

Entonces, los apetitos de la carne, las codicias del dinero y las melancolías de la pasión, todo se confundía en un mismo sufrimiento; y, en vez de desviar su pensamiento, lo fijaba más, como buscando el dolor y buscando para ello todas las ocasiones. Se irritaba por un plato mal servido o por una puerta entreabierta, se lamentaba del terciopelo que no tenía, de la felicidad que le faltaba, de sus sueños demasiado elevados, de su casa demasiado pequeña. Lo que la desesperaba era que Charles no parecía ni sospechar su suplicio. La convicción que tenía el marido de que la hacía feliz le parecía un insulto, y su seguridad al respecto, ingratitud. Pues ¿para quién ella vivía? […] Así pues, cargó totalmente sobre él el enorme odio que resultaba de sus aburrimientos, y cada esfuerzo para disminuirlo no servía más que para aumentarlo, pues aquel empeño inútil se añadía a los otros motivos de desesperación y contribuía más al alejamiento. Hasta su propia dulzura de carácter se le rebelaba. La mediocridad doméstica la impulsaba a fantasías lujosas, la ternura matrimonial, a deseos adúlteros. Hubiera querido que Charles le pegase, para poder detestarlo con más razón, vengarse de él. A veces se extrañaba de las conjeturas atroces que le venían al pensamiento; y tenía que seguir sonriendo, oír cómo Charles y todos repetían que ella era feliz, debía fingir serlo, dejarlo creer.

Un conflicto se le armaba en la cabeza, la conciencia de saberse distinta a los demás la abrumaba y el tener la inteligencia suficiente de entender que tenía “sueños demasiado elevados” la atormentaba. Nunca quiso ser Rouault, esa vida que su padre le ofreció no era conveniente; por eso aceptó a Bovary, pero tampoco la satisfizo; halló a Boulanger, hombre elegante e inteligente, pero él solo la quiso como amante; volvió a encontrar a Dupuis, perspicaz joven que la quiso, pero no lo suficiente como para dejar de ser solo su segundo amante. 

Finalmente, Emma quedó así, solitaria como un nombre sin apellido, pero ella quería una identidad completa. Aunque Charles la amaría siempre, ella, por más intentos que hizo, no pudo amar a un marido sin carácter. No era concebible en su mundo idealizado y no era aceptable en el mundo real que una mujer pueda afrontar la vida en soledad.