Un recorrido audiovisual hecho retablo

Por: Nils Julian Santos Quispe

En una entrevista realizada a Álvaro Delgado-Aparicio, director de la película Retablo, sostiene que la diferencia entre un cineasta y un retablista no es mucha, porque el primero utiliza una cámara con las manos, mientras que el segundo la tiene dentro de su cabeza. Esta idea convierte la primera escena de Retablo en un manifiesto, una declaración del quehacer del cineasta: la voluntad de reconstruir, a través de un discurso visual, las realidades de un ojo que mira al mundo mientras se abre y se cierra.

Muchas veces, el cine nacional realiza también una tarea parecida a la arqueología o la restauración, entendidas como un esfuerzo por tomar elementos dispersos y borrosos para reconstruir un retrato de nuestra comunidad imaginada. Lejos de mostrar una imagen siempre realista, el cine peruano parece estar sujeto siempre a la interpretación de situaciones que componen nuestra identidad nacional; de esta manera, y a pesar de la dispersa producción cinematográfica en nuestro país, huérfana de tradiciones propias, el cine ha sabido alimentarse de influencias literarias, artísticas y sociales que la configuran, paradójicamente, como el rostro más fidedigno de nuestra, muchas veces fragmentada y plural, realidad nacional actual.

En ese contexto, se puede entender con mayor justificación, la importancia de una película como Retablo, pues significa un esfuerzo relevante de este cine sin industria que sobrevive en un país que curiosamente se encuentra inmerso en los medios de comunicación audiovisuales. Un cine que, como en un retablo, va definiendo a los protagonistas del film por el escenario que los rodea, es decir, que construye sus personajes alimentándolos principalmente del imaginario popular ofrecido por el massmedia de nuestra sociedad más actual.

Debido a los discursos bastante superficiales y estereotipados de los medios de comunicación, los espectadores locales estamos acostumbrados a consumir representaciones del mundo andino como significantes del machismo, la intolerancia y la barbarie; esto plantea a los creadores una compleja tarea que, en el caso de Retablo, el cineasta reproduce a veces sin cuestiones profundas, dejando un gran agujero negro que lecturas recalcitrantes podrían absorber y desmerecer el análisis de temas mejor representados como las relaciones entre padre e hijo, que recupera y fortalece una visión que parte del mundo andino y trasciende a la realidad nacional. 

Un punto a resaltar, por ejemplo, y que podría ser un tema más profundo de discusión que se contrapone a las interpretaciones estereotipadas del massmedia, es la tarea de rastrear la construcción semiótica de los personajes, pues estos parecieran ser absorbidos por los signos y símbolos del indianismo e indigenismo literario peruano. En Retablo se encierran a veces la mirada paternalista y romántica de Clorinda Matto de Turner cuando los personajes aparentan una falta de agencia que los hace víctimas de sus circunstancias, la emulación heroica del indio de González Prada está presente cuando se resisten y mantienen sus sentimientos frente al dilema ocasionado por el descubrimiento de las conductas sexuales del padre, también se puede señalar la deconstrucción del imaginario del indígena (enigmático, triste y solitario), que también baila, ríe, siente y desea, emulando la diversificación arquetípica de los personajes de Ciro Alegría, o el rescate y reinvención de la identidad andina que se hereda de las obras de José María Arguedas y que está presente cuando el personaje principal se cuestiona a sí mismo al descubrir sus diferencias con el padre. 

Estas cuatro miradas representativas de la tradición literaria peruana son adoptadas por el interpretante y se reúnen, conviven y contraponen eclécticamente dentro de la trinidad simbólica que conforma la familia del personaje principal de la película: aparecen como reminiscencias que configuran y reconfiguran a los personajes en las distintas escenas y que observamos como si fuera un núcleo, un holograma o ADN a partir del cual se reconstruye el mundo andino en la mirada del espectador.

Ópera prima de Delgado-Aparicio, que cuenta con la experimentada participación de Magaly Solier, el dinamismo artístico de Amiel Cayo y la frescura de Junior Béjar Roca, esta película puede ser entendida como intersección de encuentros y desencuentros estéticos, argumentales y estructurales, que terminan siendo un espacio abigarrado que se mira a sí mismo para entenderse a través un recorrido audiovisual hecho retablo.