El espectáculo

Por: Lenin Heredia Mimbela

Era sábado, un fresco sábado de agosto que invitaba a salir, a vagar por la calle Cuzco o la Ayacucho con la pandilla, conversando las vainas de siempre —las chicas, el fútbol, el trago—, matando el tiempo de lo lindo mientras esperábamos que los fuegos artificiales cerraran la noche. Ese sábado ponía broche de oro a un mes lleno de actividades por el centenario de la Cruz de Chalpón. Debía ser una noche sin mayores contratiempos. Incluso una flaca de otro barrio había aceptado por fin verse conmigo. Realmente debía ser una gran noche.

Desde temprano, de otras calles, de distintas cuadras, aparecían los grupitos. Las chicas y sus giles. Las señoras y sus hijos en brazos o en cochecito. La verbena era la mejor excusa para relajarse y olvidar el trajín de la semana. Iba prácticamente todo el mundo y nunca faltaba uno que en ese entrevero terminara encontrando a un primo lejano, a un amigo de la infancia. Era gozoso dar vueltas por la feria, joder a los mocosos, jalarle un algodón o una manzana a los ambulantes, una ficha al viejo de los juegos. Que dieran las doce en ese trámite, repicaran las campanas y empezara por fin lo bueno. Aun cuando queríamos, entonces no nos echábamos un trago por nuestra cuenta porque nadie manejaba plata de verdad. Uno que otro empezaba un cachuelo, nada en especial.

Era clásico. A las siete la pandilla se juntaba en la puerta de mi casa, hacíamos planes y apuestas, y a las ocho partíamos. El movimiento del barrio empezaba temprano y nosotros teníamos la consigna de llegar en pleno movimiento. Esa noche además quería escapar cuanto antes de casa. Curioseando por la cocina escuché que mamá planeaba que yo llevara a Catita. Ella podía ir también con mis primas, normalmente así era, pero las chicas ya andaban en esa etapa en que preferían ir solas. En ocasiones como esta, un poco en broma, un poco en serio, lamentaba que mis padres no tuvieran otros hijos. Muchísimo bien me habría hecho un hermano mayor que cargara con tanta responsabilidad.

La plazuela reventaba de gente. Algunos renegaban por no haber conseguido un mejor lugar para el espectáculo: los cantantes de siempre, los cómicos que ahora nos enojan pero que entonces, bah, para qué negarlo, ciertamente nos divertían. En años anteriores, cuando el municipio aún no construía la cancha de fútbol, las vecinas regaban baldes de agua todo el día para que la tierra endureciera y no levantara tanto polvo por la noche. Cuando llegó el cemento, la gente se juntaba a un costado de la Capilla y formaba un semicírculo alrededor de los artistas. Recuerdo las caras conocidas de los palomillas, los rostros de las chicas que crecían con nosotros, cada verbena provocaba que uno se enamorara de una distinta. Al llegar dimos varias vueltas buscando conocidos. Mi padre se quedaba siempre a descansar de la chamba. De vez en cuando mamá se animaba a salir, pero esa vez decidió quedarse con él.

Esa noche hubo luna. Lo recuerdo con claridad pues mientras corría hacia el centro de la plaza, las mejillas hirviendo, las piernas flojas, una mujer murmuró que no podía ser otra cosa sino la luna que se ensañaba con esa muchacha. Minutos antes habían venido a buscarme los churres de la Cuzco, enviados por don Juan, vecino de mi abuela. Llegaron hasta una esquina de la cancha, cerca de los parlantes, donde chacoteaba con los patas, pero la bulla me impidió escucharlos. Festejábamos alguna huevada seguro, cuando noté que varias señoras abandonaban de repente sus asientos. Todo el mundo conoce a Catita. Más de una vez yo había tenido que agarrarme a golpes, en el callejón o a media cuadra, si algún gracioso quería vacilarla. Catita era pequeña y ya entonces temía que creciera, que saliera sola, que alguno se aprovechara, me hervía la sangre. Había mucho ruido, no solo por los parlantes o el pitido del micrófono o los payasos, sino por la gente misma que se contagiaba de aquel ambiente y al conversar gritaba.

Felizmente hubo mucha gente en la verbena. Los de adelante, por ejemplo, más cerca del escenario, no se percataron del tumulto. Al inicio creí que se trataba de alguna pelea —el mejor motivo para echarse a correr—, tal vez una apuesta perdida, un problema menor. Reaccioné cuando un chiquillo de cerca gritó que una muchacha se había caído. Juro que entonces no pensé en Catita. La había dejado en casa. La imaginaba comiendo dulce de manzana con mamá o probando chocolate y algodón con las primas, hasta que un tipo de los que corrían gritó «tu hermana, Chino» y quienes iban cerca me miraron de inmediato. «Corre, huevón», escuché que otro decía. Si eché a correr no fue porque estaba preocupado, o por aquellas palabras, o por saber exactamente qué sucedía. Mis piernas recibieron la orden de huir a cualquier parte y eso hice.

En esos instantes, abochornado, nublado, no supe qué encontraría. Lo imaginaba, eso sí. Levanté mecánicamente la vista al cielo. Una enorme luna que plateaba los techos de Castilla me dio la respuesta. Mis amigos de la pandilla se fueron rezagando uno a uno. Rogué que algún tío anduviera cerca, un hermano mayor, carajo, un primo lejano, alguien que pudiera hacerse cargo. Aunque hubiese querido, estos brazos no habrían podido en ese momento con Catita. Llegué al centro de la plaza. Me reconocieron y me abrieron paso, casi en silencio. Los hijos de don Juan le pedían a la gente que se apartara. Necesita aire, repetían, la chica necesita aire. Algunos hacían caso y se largaban a ganarse desde lejos, pero la mayoría afinaba su mirada morbosa sobre el rostro de Catita. Tenía los ojos repentinamente blancos y su cuerpo convulso no parecía detenerse.

Un pañuelo, gritó una vecina, pónganle un pañuelo en la boca, una correa, algo. Catita podía morderse, ahogarse con la espuma de su propia saliva. Esperé al borde del círculo que todo se acabara. Una mano desconocida me empujó entonces hacia el medio. Fui traicionado por mis piernas y choqué contra una baranda. Los vecinos me conocían, sabían de Catita, pero nunca antes vieron con sus propios ojos tanto espectáculo. Me agaché y le tomé las manos, duras como piedras. A mi alrededor zumbaban miles de voces. Los hijos de don Juan se agacharon conmigo. Uno de ellos puso una correa en mis manos. «Desahuévate», me dijo, muy serio. Catita no respondía y por un instante pensé que tal vez era tarde. Igual traté de cruzar sus dientes con la correa, como alguna vez vi hacer a papá.

Todo fue muy rápido. Uno de los tipos me apartó con desdén cuando Catita por fin volvió los ojos y pudo vernos. Pasado el trance, es comprensible, se avergüenza, le da por llorar. La levantó en brazos y se hizo espacio entre los curiosos que volvían de a pocos a la verbena. A lo lejos pude distinguir cómo mi pandilla, caleta nomás, también se marchaba. Iba a pedirle al hijo de don Juan que la bajara, ya era suficiente, yo me encargaba, cuando al otro lado de la plaza empezó nuevamente el movimiento. Una joven mujer, corriendo, sudorosa, se abría paso entre la gente. Era mi madre. Cuando por fin nos dio alcance, me echó una mirada de esas que yo conocía y se acercó a Catita. La abrazó como nunca. Mi padre, cuya presencia no había sospechado, llegó un segundo después. Alto y furioso también. Les agradeció a Manuel y a Pepe con un rápido apretón de manos. Tras revisar el cuerpo débil y el rostro lloroso de Catita, y justo antes de cargarla, como si algo importante hubiese olvidado, se volvió hacia mí. No pude siquiera reaccionar. Como un rayo me lanzó una ardorosa bofetada.

Sobre el autor:

Lenin Heredia Mimbela

Narrador. Bachiller en Literatura y Magíster en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con la tesis “La gestación de un discurso crítico autorreflexivo en la tradición literaria peruana” (2020). En 2009, fue seleccionado en la antología de narrativa “N” de la revista El jinete de la tortuga. Es autor del libro de cuentos La vida inevitable (2014). Ha publicado diversas reseñas y artículos en revistas del medio. Actualmente, se dedica a la docencia universitaria, a la investigación académica en el área de discurso autobiográfico y prepara su primera novela. Dirige también el portal diariosdeescritores.com

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