Lady Florence, una cantante maravillosamente mala

Por Igor Bernaola Mateluna

El mundo está lleno de ambigüedades, esas extravagantes situaciones, frases, momentos, e incluso, personalidades complejas que nos sumergen en un limbo de dudas, risas y momentos curiosos, que siempre nos hacen reflexionar. Frases como “lo malo de ser bueno” o “lo barato sale caro”, son un claro ejemplo. Y es curioso cómo solemos utilizar las mismas palabras para calificar lo bueno y lo malo: complejo, impactante, distinto, arriesgado, particular, singular, peculiar e incluso extravagante. Solo por mencionar algunos adjetivos para definir un trabajo artístico.

Esto se debe, más que nada, a que el reconocimiento tiene dos caminos y dos formas de manifestarse. El primero, y más conocido, es ser alguien sensacional, resaltante en todo aspecto, pero eso no suele estar al alcance de todos, ya que demanda requisitos difíciles de cumplir. El otro camino, es ser realmente malo en algo, no medianamente malo, sino completamente malo, ser considerado como alguien sin talento, carente de toda capacidad, un fracaso en todo el sentido de la palabra. Lo que podría parecer estar al alcance de todos, pero incluso esto también tiene un grado de dificultad, ya que los grandes fracasados de la historia no llegan  a serlo en su totalidad. Pero si algo es complicado en esta vida, es encontrar a alguien que pueda recorrer ambos caminos en simultáneo, alguien que sea maravillosamente malo y horriblemente bueno a la vez, alguien a quien todos puedan reconocer como un desastre genial, una catástrofe magnifica. Si pensamos en personas así, necesariamente tenemos que hablar sobre Florence Foster Jenkins, la peor cantante que tuvo el mundo.

Florence Foster Jenkins, fue una soprano aficionada de la alta sociedad estadounidense. Amante de la música clásica y de los grandes compositores. Nació en 1868, con el nombre de Narcissa Florence Foster, y desde niña desarrolló un interés por la música.  Esta pasión la enfocó en tocar el piano con gran habilidad, llegó a ser conocida como Little Miss Foster e hizo presentaciones de renombre, como la que tuvo para el presidente Rutherford B. Hayes en La Casa Blanca. Una vez terminado sus estudios escolares quiso dedicarse a la música a tiempo completo, e incluso, pensó en formarse en Europa, pero todo se vio frustrado cuando el padre, un hombre de sociedad sumamente rico, le negó el permiso y el financiamiento. Es por esta razón que fugó de su hogar con el fin de conseguir sus sueños, lo que ocasionó que fuera desheredada. Es por esos años que conoce a su primer esposo Frank Thornton Jenkins, de quien no solo conservaría su apellido tras el divorcio, sino también la sífilis. Mal que la marcó para siempre. Esta enfermedad la obligó a usar peluca toda su vida, debido a que perdió todo el cabello por el tratamiento con mercurio y arsénico, además le generó una lesión en el brazo lo que le impidió seguir con su carrera de pianista. Se mudó a los suburbios de Filadelfia y se dedicó a dar clases de piano para poder mantenerse. 

El panorama para Lady Florence, como le gustaba ser llamada, no fue muy alentador por algunos años: viuda, desheredada, enferma, sin poder tocar el piano, en la pobreza absoluta y sin posibilidades de cumplir sus sueños musicales. Todo parecía perdido, fueron años muy difíciles, pero si algo se puede decir de Florence Foster Jenkins, es que era una persona optimista, enamorada de la música y nunca se dio por vencida. Fue gracias a la madre, que todo empezó a mejorar, fue precisamente ella quien intercedió con el padre para ayudarla, al punto de que a la muerte de este, Lady Florence quedó como heredera universal de la fortuna.

Florence tenía más de cuarenta años cuando pudo gozar el dinero heredado y con este revivió su pasión, se mudó a New York, se volvió mecenas de muchos artistas de la época y se hizo socia de más de una docena de clubes femeninos, incluso fue Presidenta de música en más de uno, como por ejemplo del Euterpe Club. Es precisamente ahí donde empieza a organizar, para la alta sociedad neoyorquina, veladas musicales, donde se presentaban óperas traducidas al inglés. Fue la primera mujer en organizar óperas, fuera de lo que se presentaba en el Metropolitan Opera House. Estas actividades se volvieron un éxito y empezó a asistir tanto la farándula de la época, como miembros de la alta sociedad. En estas reuniones es donde conoce a Saint Clair Bayfield, un actor de teatro inglés, menor que ella, de quien se enamoró y fue su segundo esposo. En realidad fue más que un esposo, era su compañero, su gerente, su manager y su mano derecha, pero pocos sabían que estaban casados, ya que era mal visto que una mujer de la alta sociedad estuviera divorciada. Inclusive vivían en casas separadas, para evitar los rumores. 

El renombre de las actividades organizadas por Florence Foster Jenkins era tal, que decidió crear su propio club, es así como nace The Verdi Club, se volvió un éxito desde el primer momento, llegó a  tener más de 400 socios. Fue tal la fama que Enrico Caruso y Arturo Toscanini, ambos destacados músicos de la época, aceptaron volverse miembros honoríficos. Es en este club que ella empieza a presentarse ante el público realizando Tableau Vivant, estas son representaciones  de un cuadro viviente o una escena famosa de alguna ópera. En estos shows, ella solo recitaba un guión, pero pronto su pasión por la música fue despertando sus deseos de hacer más. Al no poder tocar el piano, decide probar suerte con el canto.

Sus primeras presentaciones fueron tímidas pero impactantes, el talento que alguna vez tuvo para tocar el piano no se traducía en el canto. Tenía una gran dificultad con el tono, el ritmo, las notas, las frases sostenidas, una entonación inexacta con una voz plana y sin matices, además de una dicción deficiente. Todo esto resaltaba, por las área operísticas que ella decidía cantar, todas más allá de su capacidad técnica y rango vocal. Florence era exquisitamente mala, utilizaba su voz de manera intuitiva e instintiva, pero de una manera terriblemente distorsionada, todo acompañado de un vestuario más que extravagante, diseñado por ella. Se podría llegar a pensar que semejante interpretación alejaría al público de su club, pero nada más lejano a la realidad. Esa singularidad que se vivía en sus shows, representaba una velada perfecta para todos sus seguidores. Hacía cambio de vestuario con cada canción y en el éxtasis del show, cantaba su canción favorita, el vals español “Clavelitos”, vestida con traje flamenco, castañuelas y una canasta llena de flores. Durante la canción iba lanzando primero las flores, luego la canasta e incluso las  castañuelas. En ese momento los espectadores pedían una repetición inmediata de toda la escena, lo que generaba que el pianista tuviera que recoger, del público, las flores, la canasta y las castañuelas para volver a ser lanzadas. Lady Florence disfrutaba mucho estas presentaciones y lo hacía con una pasión pura. Si era consciente o no, de lo mal que cantaba es un tema de debate hasta el día de hoy, porque daba mensajes confusos que hacían posibles ambas opciones. Lo que sí es indiscutible, es que el público trataba de disimular las risas a más no poder, incluso algunos golpeaban sus pies con los bastones para no carcajear y cuando ya era inevitable, explotaban en aplausos y ovaciones, dando gritos y alaridos. 

Ella era quien distribuía los codiciados boletos, excluía cuidadosamente a los extraños, particularmente a los críticos de música; y a pesar de su esfuerzo de mantener sus presentaciones fuera de la exposición pública el éxito era hilarante, todos querían ser parte de la experiencia. Fue quizás por eso que decidió hacer un disco: Florence Foster Jenkins, The Glory of the Human Voice, pagado por ella, como todo lo que hacía. Nadie nunca se imaginó el éxito, tanto así que el propio estudio de grabación le propuso hacer más discos que se vendieron como pan caliente y dejaron magníficas catástrofes para el futuro. Todos querían escuchar la voz de Florence para poder disfrutar de unas risas en casa.

A la edad de 76 años cedió a la presión y decidió hacer un concierto público, pero a lo grande.  El concierto tenía que ser en el mítico Carnegie Hall, uno de los lugares más prestigiosos del mundo tanto para la música clásica como para la música popular. Para que se hagan una idea de lo importante del espacio, Frank Sinatra se presentó un día antes y un día después se presentó el gran pianista Arthur Rubinstein. Los encargados de la sala no estuvieron de acuerdo con su presentación, ya que no consideraban a Lady Florence una cantante digna de presentarse ahí, pero esto no la detuvo. Alquiló el lugar y puso las entradas en venta. Es así como se pactó la fecha, fue del 25 de octubre de 1944. Las entradas se agotaron con semanas de anticipación, la reventa fue un escándalo, pasaron de valer tres dólares, a más de veinte. 

El día del concierto fue apoteósico, cantó todo su repertorio ante más de tres mil personas, afuera quedaron otros dos mil más. Asistieron sus seguidores regulares, además de grandes estrellas de la música y público que nunca tuvo la oportunidad de verla antes. La presentación fue todo un espectáculo, hilarante en todo el sentido de la palabra, donde los asistentes no podían controlar las risas, muchos fueron retirados de la sala por las carcajadas que no podían controlar. Ese día superó la vergüenza y el miedo al rechazo, todo por una pasión que dominaba su vida. No le importó mostrarse delante de otros, sin coraza, totalmente expuesta, junto a su pianista, sus trajes estrafalarios y una voz muy lejos de ser perfecta, llena de errores y defectos. Contra todo, aún así cantó.

Al terminar el concierto, los críticos escribieron reseñas mordaces y sarcásticas que devastaron a Lady Florence, la tildaron de ridícula, de mala cantante y de ser un mal chiste para la música. Cinco días después de la presentación, Florence Foster Jenkins sufrió un infarto mientras compraba en una tienda de música y murió un mes después, el 26 de noviembre de 1944. 

Definitivamente Florence Foster Jenkins, fue todo un personaje. Fue muy querida por todos los que la conocieron, una mecenas sin límites, una promotora musical de primera línea con una vida apasionante. Una persona que rompió esquemas. No importó la herencia del padre, el desamor de aquel esposo que la contagió de sífilis, tampoco importaron las críticas del presente y del futuro. Vivió y busco ser feliz. Muchos dijeron que “no cantaba”, pero nadie puede negar que lo hizo.  Es una mujer que merece el reconocimiento debido, por lograr lo que muy pocos han conseguido en el mundo: ser maravillosamente malo.