Trilce, los versos incomprendidos

Por Lourdes Rojas

La estética fue estrujada cuando César Abraham Vallejo Mendoza se urdió poeta. Su destacada obra es sin duda una de las más conocidas por todos los aficionados a la poesía. Es casi imposible no saber que títulos como Los heraldos negros (1919), Trilce (1922), Poemas Humanos y España aparte de mí este cáliz (estos dos últimos textos publicados póstumamente en 1939), son de autoría de nuestro poeta universal. La interrogante que suele surgir cuando se habla de Vallejo es qué hace tan significativa la obra de este no solo poeta, sino también narrador, dramaturgo, cronista y ensayista que solo obtuvo algunos pocos premios significativos en vida.

Muchos críticos han dividido su obra, el primer poemario, no cabe duda, tiene cierto tinte modernista que evidencia a un autor cuyos instrumentos son la musicalidad y el simbolismo tradicional, pero que ya empieza a dar muestras de un lenguaje particular. Los poemarios póstumos nos demuestran un lenguaje bastante más claro, un mensaje mucho más evidente, una necesidad de mostrar a través del discurso poético la posibilidad de recrear un mundo mejor. Será, probablemente, el poemario Trilce quien lo inserta en la eternidad por el atrevimiento de utilizar un lenguaje completamente insólito, por trastocar las palabras al hacerlas gritar significados impensables y entramar versos, cada cual más hermético que el otro. 

Este libro nos conduce a un espacio donde se reivindica lo corpóreo, pero se plasma no desde un punto de vista ideal, como fuera antes de la vanguardia, sino que se descubre emociones al recorrer lugares concretos del ser humano. Vallejo incluiría en Trilce construcciones como insular corazón, lagrimales trifurcas, anilla en mi cabeza, lavanderas del alma, pareja de carnívoros en celo, se arrequintan pelo por pelo, hembra es el alma de la ausente, esqueleto cantor, sexo sangre de la amada, los nueve de gestación, pulso párvulo, mayoría inválida de hombre, tardes años latitudinales, codo inquebrantable, orfandad de orfandades, estoy niño, entre otras. Como se observa el poeta vuelve polisémicas a las palabras, las une de tal manera que la imagen que entrega nos obliga a repensar lo que en principio tenemos configurado. Si bien es cierto, alguna teoría literaria nos impediría utilizar referencias bibliográficas para analizar el texto, pero dado el hermetismo de la poesía vanguardista podemos darnos esa licencia. Por ello, las referencias a lo corporal nos demuestran probablemente la intensidad emotiva que Vallejo atravesaba.  Recordemos que él estuvo preso desde el 6 de noviembre de 1920 hasta el 26 febrero de 1921; la ruptura amorosa con Otilia Villanueva que, si bien había ocurrido varios meses atrás, en el poemario se hacen continuas referencias a ella; asimismo, la muerte de su madre, dos años atrás, aún no había sido superada. Probablemente, estos episodios de fuerte carga emocional, en todos los ámbitos, posibilitan que pueda realizar una exploración entrañable de las sensaciones humanas que bien sabemos son tan inescrutables, pero él logra escudriñarlas, por eso nos entrega un conjunto de versos herméticos e intricados estructurados en 77 poemas.  

Otra de las particularidades de Trilce es el uso de neologismos validados en su particular lenguaje, nos encontramos con significantes sin significado, repetición de sonidos, palabras derivadas o conjugaciones inexistentes. Es decir, hay una completa experimentación con el lenguaje porque se recurre a un aparente sin sentido, dado que el mismo Vallejo indicó que en la escritura no hay nada mayor que el sonido, pero ya no hablamos de cadencia sino por el contrario se vale de la estridencia. A modo de ejemplo se pueden mencionar las siguientes: calabrina tesórea, bamos a hhazer, bicardiaco, esotro día, vusco volvvver, toroso Vaveo, ¡Odumodneurtse!, ovulandas, pupilar, grifalda, transmañanar, Rumbbb… Trrraprrrr rrach… chaz, engirafada al tímpano, jiboso codo, ejeando, vejetal, azulea y ríe, Roooooooeeeis, Acrisis, sinembargo, horizontizante, entre otras tantas. Estas palabras que aparentemente son colocadas por azar o por caos, son escogidas y exhortadas para cumplir con la misión de acrecentar la angustia, la soledad, el dolor, la decepción, la orfandad, la añoranza y la desesperación. El idioma no alcanza, la sintaxis no alcanza, la poesía no alcanza para demostrar lo que un ser humano puede cargar en el alma, por eso hay que inventar un nuevo lenguaje, hay que acrecentar los grafemas para sentir los fonemas, tal vez así se trascienda y se logre poner en evidencia lo que significaría la esencia humana. 

Los heraldos negros fue un texto muy bien recibido por la crítica, pero Trilce fue un poemario que rompió esquemas, no fue comprendido, a pesar del ímpetu de Antenor Orrego, gran amigo del poeta. La crítica limeña no solo no aceptó, sino que miró con desdén a esta obra que se alejaba a pasos agigantados de la tradición y esa cualidad sería su cruz, pues la literatura limeña no estaba preparada para aceptar el concepto de originalidad en la lírica. Serán muy pocos quienes reciban con bien este poemario, además de Orrego, se sumaría Mariátegui y quién sabe quizás también Valdelomar, pues este iba a escribir el prólogo de un poemario suyo, pero la muerte lo sorprendió. El mismo Vallejo describió su desasosiego por la mala recepción de su creación en una carta que le escribiese a amigo y antologador.

Las palabras magníficas de tu prólogo han sido las únicas palabras comprensivas, penetrantes y generosas que han acuñado a Trilce. Con ellas basta y sobra por su calidad. Los vagidos y ansias vitales de la criatura en el trance de su alumbramiento han rebotado en la costra vegetal, en la piel de reseca yesca de la sensibilidad literaria de Lima. No han comprendido nada. Para los más, no se trata sino del desvarío de una esquizofrenia poética o de un dislate literario que solo busca la estridencia callejera. Se discute, se niega, se ridiculiza y se aporrea al libro en los bebederos, en los grupos de la calle, en todas partes por las más diversas gentes. […] Por lo demás, el libro ha caído en el mayor vacío. Me siento colmado de ridículo, sumergido a fondo en ese carcajeo burlesco de la estupidez circundante, como un niño que se llevara torpemente la cuchara por las narices. Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy, y más que nunca quizás, siento gravitar sobre mí una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, la de ser hombre y artista: ¡La de ser libre! Si no he de ser libre hoy, no lo seré jamás.

A esta desolación literaria se le sumaría el problema judicial que aún seguía pendiente, por eso tomaría la decisión de partir hacia París en mayo de 1923, siete meses después de publicado Trilce. Sería su amigo, Antenor Orrego, quien no solo sacrificó su pasaje para compartirlo con Vallejo, sino quien lo impulsó a buscar el reconocimiento fuera del Perú. La vida y obra de nuestro poeta, fuera del país, bien merece una cantidad infinita de artículos que nos mostrarán su cercanía con la pobreza, sus exquisitos artículos para diversas publicaciones peruanas, sus amores con Henriette Maisse y Georgette Philippart, sus viajes a la Unión Soviética, su inscripción al Partido Comunista Español, su participación en diversos congresos culturales y su incansable labor de poeta, narrador, cronista, dramaturgo y hasta de guionista de cine. El mejor tributo que le podemos hacer a Trilce es releerlo, volver de cuando en vez a sus 77 poemas, titulados en números romanos, para pensarlos, sentirlos y ahondarlos.

XIV

Cual mi explicación. 

Esto me lacera de tempranía.

Esa manera de caminar por los trapecios.

Esos corajosos brutos como postizos.

Esa goma que pega el azogue al adentro.

Esas posaderas sentadas para arriba.

Ese no puede ser, sido.

Absurdo.

Demencia.

Pero he venido de Trujillo a Lima. 

Pero gano un sueldo de cinco soles.